Al menos desde el siglo XVI, los barberos fueron célebres por su afición a la guitarra. En Andalucía, las barberías se convirtieron, con los años, en improvisadas tertulias flamencas, donde los cabales amenizaban la espera con cante y guitarreo, cuando no acababan formando auténticas juergas. Frente al toque punteado de los guitarristas de concierto, los barberos tenían fama de tocaores cortos, hasta el punto de que el tosco rasgueo de la sonanta fue proverbialmente conocido como "toque a lo barbero", lo que no les privó de convertirse con el tiempo en conocidos guitarristas o ejercer de maestros de otros flamencos.
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