En 1729, el Diccionario de Autoridades definía la palabra «catástrophe» como «La última parte de la fábula, tragedia, o comedia, en la qual los enredos, marañas y suspensiones, en que ha estado el ánimo, vienen a parar en un fin alegre o triste. Es voz griega […] La catástrophe es la vuelta de las cosas a fines apacibles, quando todos vienen a entender las cosas como passan» (tomo 2, p. 230). Nos lo recuerda en un capítulo sobre el impacto de los terremotos de 1748 y 1755 en la España de la época, Armando Alberola, sin duda uno de los historiadores que más tiempo y talento ha invertido en el estudio histórico de los desastres, otro término cuyo recorrido histórico merece también su atención. Ciertamente, la historia de las palabras que una lengua determinada ha empleado para referirse a fenómenos extraordinarios y de enorme impacto social (demográfico, económico, político, cultural …) causados por accidentes del clima, la tectónica de placas o la acción microbiológica es una vía rica en logros en pos del objetivo de historiar esos fenómenos.
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