Considero extraordinariamente arriesgado intentar prede cir cómo será cualquier parcela científica en el siglo próximo. Ya decía Kuhn (1962) [1] que frecuentemente se tiene la falsa impresión de que las materias científicas siguen un curso progresivo constante y rectilíneo, pero la Historia de la Ciencia demuestra que el avance científico es un proceso sumamente complejo, con flujos, reflujos, errores y rectificaciones.
Sin embargo, para Robert Jungk [2, 3], el futuro ha comenzado, y el tratar de conocerlo no pretende una anticipación, profecía o adivinación, ha escrito Calvo Hernando (1995) [4], sino establecer escenarios o alternativas razonables, lo que ha sido llamado por Castilla (1985) la previsión tecnológica.
Si admitimos un llamado fatalismo científico, considerado por Martínez Moreno (1992) [8], y que presupone que los fenómenos existen y más pronto o más tarde serán des cubiertos por alguien más o menos genial, así calificable porque fuese capaz de utilizar un nuevo paradigma o sólo se limitara a relacionar conocimientos ya existentes, podríamos atrevernos a vislumbrar cómo puede ser la Toxicología, al menos al comienzo, del Tercer Milenio
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