Por primera vez en la historia, la Santa Sede prepara un marco regulador para la vida eremítica. Una normativa que no busca, ni mucho menos, controlar o asfixiar una vocación que respira libertad, sino precisamente ser un apoyo para garantizar que ese singular espíritu contemplativo se ejercite con todas las garantías y se sienta acompañado y respaldado por la Iglesia a la que pertenece.
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