Para muchos de los viajeros extranjeros –norteamericanos, ingleses y franceses- que visitaron la isla de Cuba durante el siglo XIX, el criollo cubano se caracterizaba, como por una fatalidad congénita, por su desidia laboral y por su inclinación desmedida a los placeres de la vida; abandonando así las actividades productivas a los más laboriosos y sacrificados inmigrantes españoles. Sin embargo, para los escritores, políticos e historiadores cubanos, ese supuesto desinterés laboral, no significaba más que la etiqueta prejuiciosa que injustamente colgaban sobre el criollo los mismos que interesadamente pretendían ocultar con ella el descarado monopolio español sobre las más productivas actividades económicas de la isla. Contra esta situación de exclusión laboral reaccionaron los sindicatos nacionalistas y la clase política cubana a partir de la ocupación norteamericana de la isla en 1899. Con todo, el control del mercado laboral por parte de los españoles fue una realidad, al menos, hasta la Ley de Nacionalización del Trabajo de 1933, y no sólo en los rubros más prestigiosos, como el comercio y la industria tabaquera, como sostenían los sindicalistas, los políticos, los intelectuales y el discurso popular cubanos, sino también en las labores más duras y humildes, como la minería, la pesca, las obras públicas, la fabricación del carbón y el servicio doméstico, donde, se emplearon la mayoría de los inmigrantes españoles en el primer tercio del siglo XX, como muestran los censos y los discursos de los mismos inmigrantes
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