La ocupación de Asturias el 21 de octubre de 1937 por las tropas nacionalistas suscitó un espontáneo repliegue defensivo protagonizado por los partidarios de la República que no recibieron la orden de evacuación, que renunciaron a cumplirla o que no llegaron a tiempo para embarcar desde los puertos marítimos de Gijón y Avilés, los cuales, armados o inermes, optaron por ocultarse, unos en solitario y otros en grupos de reducidas dimensiones. La conducta fue adoptada por frentepopulistas relevantes y, de forma masiva, por los derrotados del Ejército Popular que hubieran adquirido notoriedad militar y política, entre los que figuraban destacados artífices de la insurrección obrera de 1934. No procedieron de este modo por iniciativa de las autoridades republicanas, al dictado de consignas emanadas de las organizaciones a las que pertenecían, con el propósito de seguir combatiendo por otros medios o para retener fuerzas del adversario, sino acicateados por un instinto de supervivencia. Como supusieron que, dados sus antecedentes, sus expectativas quedaban circunscritas a la disyuntiva del “paseo” o el piquete de ejecución, optaron por emboscarse a la espera de un vuelco en la marcha de la contienda, de una oportunidad propicia para pasar a zona republicana o, cuando menos, al objeto de posponer su presentación hasta que fuera remitiendo la “represión en caliente”.
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