Las elecciones a constituyentes del 15 y 16 de mayo dieron la vuelta el tablero. Hace poco más de un año afirmamos que el estallido social de octubre de 2019 había sido el primer ensayo de ruptura de la conjura de la transición posdictatorial contra la lucha de clases. Afirmamos también que, acorralados por la irrupción popular, los partidos del orden habilita-ron el proceso constitucional con la esperanza de desactivar la revuelta y clausurar por arriba lo que el pueblo abrió por abajo. Finalmente, afirmamos que este proceso constitucional, entendido al principio como garantía de gobernabilidad, aparecía cada vez menos como un evento predecible y controlado, tornándose una caja de Pandora que, lejos de cerrar flancos, los abría a cada paso.
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