Cuando el escultor judío Shelomo Selinger cuenta su vida, no empieza con un recuerdo, sino con el olvido. Apenas tenía 17 años tras el final de la Segunda Guerra Mundial y Selinger era un hombre sin memoria. Decrépito, famélico, hundido. La violencia y el horror vivido en nueve campos de concentración nazis le habían dejado completamente amnésico. Durante años fue una persona sin pasado, un árbol hueco, hasta que conoció en Israel a Ruth Sapirovsky, la mujer que le abrió a la belleza y al arte. Con ella a su lado, el martillo y el cincel consiguieron tallar en la piedra las imágenes de un trauma que había dormido oculto.
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