La modernidad representó un giro copernicano en la concepción del mundo y sus protagonistas; se fundamentó en el contrato social como símbolo de transformación, progreso y base del nuevo sujeto; sigue dando sentido a la actualidad, pero su universalidad, categoría indispensable del nuevo orden, quedó en entredicho al dejar fuera a las mujeres, al descartarlas como sujetos políticos, manteniéndolas como seres inferiores y blindando su subordinación con un contrato sexual que, aún vigente, cuestiona la legitimidad de lo construido y nos obliga a asumir una realidad bastarda. Esta es la reflexión que Pateman nos ofrece y también la que nos provoca.
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