La fascinación inglesa por España arrancó en el siglo XVIII, pero estalló de admiración por la oposición a las fuerzas napoleónicas convirtiéndose en fuente de inspiración del romanticismo. En Gran Bretaña se multiplicaron los libros sobre nuestro país y viajeros como Richard Ford o George Borrow quedaron fascinados, especialmente por Andalucía. De este interés participaron también numerosos colportores y misioneros que aprovecharon las redes diplomáticas y comerciales para venir al país y distribuir la Biblia y otros impresos. La reacción del episcopado hispánico fue radical sobre la base de magnificar el peligro que suponían unos cuantos agentes viajeros y los modestos logros de este incipiente protestantismo. Sin embargo, las polémicas generadas contribuyeron a abrir el camino a la libertad religiosa.
© 2001-2026 Fundación Dialnet · Todos los derechos reservados