Valencia, España
Uno de los hechos a los que se enfrenta el Trabajo Social es la cada vez mayor complejidad de los problemas sociales en los que este debe intervenir, y que han exigido la concurrencia de conocimientos cada vez más amplios y especializados, con la creencia de que este saber permitirá facilitar su mejora y resolución. Sin embargo, parece que este devenir, si bien ha permitido integrar teorías, técnicas e instrumentos de otras disciplinas en el Trabajo Social, no ha acabado de ofrecer un marco válido para trabajar eficazmente con la complejidad, sin exigir la adscripción de una u otra corriente teórica específica. Y esto es debido en buena parte a que la naturaleza de los problemas sociales no responden hoy a la lógica lineal “problema-solución”. Esta situación fue abordada desde las aportaciones críticas de autores como Horkheimer (1947), Schön (1998) o Morin (2004), constatando las limitaciones del modelo de racionalidad técnica imperantes en las ciencias sociales y propugnando un modo diferente de abordar lo complejo. Sin embargo han sido Rittel y Webber (1967) y más tarde Conklin (2005), quienes han analizado con mayor profundidad la cuestión al introducir la noción de wicked problems, para definir ese tipo de problemas de naturaleza cambiante, ambigua y para los que no existe una clara solución. Este enfoque de los wicked problems cuyo origen se sitúa en la ciencia de la planificación urbana, nos sirve como vehículo para abordar la naturaleza de los problemas sociales, de modo que podamos identificar y contextualizar lo que se enmascara detrás de la incapacidad, de la dificultad profesional, y de la aparente falta de resultados evidentes en determinados procesos de intervención social.
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