Al vagar por la inmensidad de las librerías de una ciudad como Madrid, el caminante se ve sorprendido por la cantidad de títulos y ediciones que se pueden encontrar y ojear, a veces por precios impensados. Hablo aquí de las librerías tradicionales y también de aquellas, tan valientes en estos tiempos, que sobreviven: las de segunda o las de viejo, como muchos las llaman. Madrid refresca el alma con sus eternas librerías, sus estantes, sus ferias al aire libre y las joyas de libros que uno puede conseguir en una tarde cualquiera. Es una sensación que en el mundo hispano se puede vivir en otros lugares como Buenos Aires y Barcelona. De repente, uno va deambulando en pleno verano y se encuentra en un parque con un mercadillo de libros usados, acostados en mesas o descansando en puestos artesanales a la espera de un comprador o, mejor, de un lector.
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