El presente artículo estudia cómo Samuel Beckett parte de sus reflexiones sobre pintura para establecer su propia concepción de hecho literario. Admirador del romanticismo de C.D. Friedrich o del expresionismo de “Die Brucke”, cuyos paisajes visibles le proporcionan numerosas imágenes escénicas, Beckett apuesta por el fracaso representativo de sus amigos Van Velde, lo que le conduce a él mismo a una prosa despojada de figurativismo, donde lo irrepresentable se corresponde con lo indecible.
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