La oración y la práctica cristiana se entrelazan como dos facetas de un único diálogo de amor con el Señor en medio de la vida. Una y otra se complementan, favoreciéndose mutuamente. La oración permite recapacitar, profundizar, confiar y esperar, mientras la práctica cristiana concede autenticidad y expresión al deseo de corresponder al amor recibido de Dios. Una práctica cristiana caracterizada por el ejercicio de la caridad y de la justicia, en particular hacia los más desfavorecidos que constituyen un sacramento de la presencia del Señor y lugar privilegiado de encuentro de Él.
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