Las titánicas turbulencias que agitan el interior de nuestra estrella cobran su mayor ímpetu cada 11 años, cuando se produce lo que los astrónomos denominan "máxima actividad solar". El próximo ciclo comenzará a finales de año y coincidirá con el temido efecto 2000. Su virulencia amenaza la vida operativa de los satélites, las comunicaciones de bancos e instituciones financieras y la seguridad de los astronautas que habiten la futura Estación Espacial.
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