Una vez superado sin dificultades el impeachment por el Ucraniagate y sin adversarios internos reales en las primarias del Partido Republicano, Donald Trump ya se sentía tranquilo, sabía que el camino hacia su reelección el próximo 3 de noviembre estaba prácticamente libre de obstáculos. Bastaba con mantener al menos el (modesto) índice de crecimiento de los últimos trimestres -poco más del 2%- y un paro de menos del 4%, cerrar el acuerdo con los talibanes para cumplir con su promesa de retirar las tropas de Afganistán, intentando no reconocer la derrota en ese país tras 19 años de guerra, asfixiar un poco más a Irán -reforzó las sanciones en pleno pico del coronavirus en ese país- o consolidar su proyecto para reconfigurar Oriente Medio.
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