La retórica dominante de los movimientos contra la tracción a sangre pendula entre la exaltación del caballo, el desvelo por su salud y libertad, y la condena de sus supuestos victimarios: los cartoneros que los utilizan para su actividad laboral. Contrastar estas disímiles imputaciones de dignidad permite explicar no solo cómo operan los sistemas de clasificación hegemónicos, sino también los modos en que se delimitan las fronteras y las moralidades de lo humano y lo animal en distintos conflictos de nuestras sociedades.
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