El 16 de octubre de 1793, una mujer ataviada con humildes ropajes, se subía a una carreta en la Conceirgerie de París para emprender su último viaje. Su destino se encontraba en la plaza de la Revolución. Lejos quedaba el mundo brillante del Trianón, de bailes y fiestas sin descanso en el que había vivido aquella reina, María Antonieta, que ahora se enfrentaba a una multitud que aplaudía su trágico destino.
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