Nuestro universo está a años-luz del de un chico de barrio con su primera chuta en la mano. A años-luz de su lenguaje, de sus símbolos y des sus valores.
Y, al igual que para muchos de nosotros, él es, sencillamente, "un drogadicto" -cuando no "un navajero"-, los publicitarios somos para él "unos listos". Y absolutamente todo lo que huele a publicidad, a anuncios, un comecoco despreciable que toca al son del que más pague.
Eso nos invalida. Anula nuestros canales habituales de tal manera que, posiblemente, cualquier acción que comparta medios, tono, estilo y hasta tesis con la publicidad resulta sospechosa para ese escurridizo grupo objetivo. Quizá habría que recurrir a otros canales.
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