Castellón, España
«It’s not TV. It’s HBO». Este eslogan de la HBO revela con contundencia cómo el canal trata de distanciarse de un modo tradicional de entender la televisión. Sus series se caracterizan por una calidad que no se pliega a los criterios de éxito inmediato; cuando apuestan por una producción, le conceden tiempo y no la cancelan según criterios económicos, sino que saben cerrarlas a nivel discursivo. Así, permiten la experimentación, el riesgo creativo y construyen una audiencia paciente. Con Los Soprano (David Chase, 1999-2007) y A dos metros bajo tierra (Alan Ball, 2001-2005), mostraron que se podía abordar lo familiar desde esquemas complejos. Con The Wire (David Simon, 2002-2008), mostraron que podía hacerse televisión sin espectáculo ni sentimentalidad. Seducidos por el éxito global de Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004- 2010) de la ABC, la HBO apostó por Juego de tronos (David Benioff, D. B. Weiss, 2011-), que se ha convertido en la serie de mayor popularidad global desde la violencia y el erotismo: al ser un canal de pago, la HBO puede permitirse trascender los límites de la representación. Esta investigación pretende estudiar cómo Juego de tronos, siguiendo la estela de la marca HBO, preparó las condiciones de aparición de otra serie aún más trascendente: Westworld (Jonathan Nolan, Lisa Joy, 2016-). Si en Juego de tronos hay luchas de poder desde un medievo fantástico donde se le da la fuerza a la mujer, en Westworld hay una rebelión de las máquinas en un wéstern poshumanista que lidera una mujer.
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