El nuevo Código coloca en el primer plano eclesial la actuación de los fieles cristianos y de los laicos; en esa linea reconoce asociaciones privadas, aun con personalidad jurídica, fundadas y dirigidas libremente por los fieles. Su comparación con las públicas, fundadas por la autoridad, subraya sus rasgos esenciales. No faltan garantías contra los posibles abusos, sobre los que algún autor ha alertado a los obispos. Por este camino de mayor protagonismo de los que no son clérigos se hará realidad la "imagen verdadera de la Iglesia" que propugna Juan Pablo II.
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