Las ideas sobre formación de religiosos y sacerdotes parecen estar claras, las metas definidas, pues nuestros documentos orientadores están bien elaborados. Y, sin embargo, tenemos la sensación de quedarnos a medio camino, sobre todo, cuando vemos que los abandonos de sacerdotes y religiosos jóvenes continúan. Posiblemente los formadores, que son conscientes más que nunca de sus límites, estén desconcertados frente al perfil humano y religioso de los jóvenes en formación. Quizá hemos olvidado que nuestros jóvenes son y tienen que ser hijos de su tiempo. El autor del presente trabajo pretende continuar la reflexión ya emprendida en otros, aparecidos en números anteriores de nuestra revista.
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