En mayo de 1931, tras proclamarse la Segunda República española, una ola de protestas se volcó hacia los principales conventos y edificios religiosos de Madrid. Durante los días siguientes, la quema de conventos se expandió por la costa mediterránea. Estos eventos nos permiten aproximarnos hacia la lógica iconoclasta del anticlericalismo español, que concebía a las imágenes y espacios religiosos como símbolos del Antiguo Régimen que buscaban destruir. Los testimonios dan cuenta no solo de la agresividad de las pequeñas turbas, sino también de un número importante de espectadores, lo que deja ver entre líneas el carácter popular del anticlericalismo español.
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