La actividad del ser humano sobre el entorno altera el equilibrio de los ecosistemas y puede favorecer el desarrollo de las pulgas. Durante décadas se ha restado importancia al papel que jugaban como vectores de enfermedades. Sin embargo, el aumento de las resistencias microbianas y la constatación de estos insectos como transmisores de virus, han puesto de manifiesto el elevado riesgo que conlleva su picadura.
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