La democracia ideal se asienta en el principio de la soberanía popular, cristalizada en una opinión pública. Esta opinión pública ha ejercido, al menos idealmente, una función de vigilancia crítica. Al mismo tiempo, los ámbitos de la vida privada y pública se han mantenido estructuralmente diferenciados. Pese a ello, a lo largo de los siglos XIX y XX, se percibe una paulatina interpenetación de estos ámbitos. La actual interrelación entre Estado y sociedad ha vaciado de significado específico la noción de espacio público. Hoy, en cambio, entendemos el espacio público como el condensador de la atención pública de una sociedad en un momento determinado. Incluso el propio periodismo no parece muy capaz de distinguir entre un buen reportaje de investigación y el trabajo de unos paparazzi. En este marco, las nuevas tecnologías han potenciado la querencia fisgona de los medios, y han propiciado unas reacciones panópticas y antipanópticas en las que estan en juego la intimidad de los ciudadanos. Pero las nuevas herramientas también posibilitan un nuevo periodismo de investigación y de rastreo informático de datos que tienen que ver con la necesidad democrática de una vigilancia ciudadana de la Administración.
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