En mayo de 1641, de aquel colosal ejército que Felipe IV reuniera el año anterior para sofocar la revuelta de los segadores y someter Cataluña, quedaba tan solo el espectro de lo que había sido. Efectivamente, de aquella imponente fuerza que ascendía a casi 30 000 efectivos al salir de Zaragoza en octubre de 1640, se contaban, a la vuelta de Montjuïc, 13 500 y, en mayo de 1641, cuando comenzó el asedio de Tarragona, poco más de 5000. Tras el enorme esfuerzo de 1640, Felipe IV necesitaba tiempo, pero, sobre todo, detener el victorioso avance de los franceses. Si Tarragona caía, era sido muy probable que también lo hiciera Tortosa, con una guarnición menor, y que con ello se expulsase a los hispánicos del principado.
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