Estudios llevados a cabo en aguas oceánicas, continentales y aguas residuales de todo el mundo ponen de manifiesto la presencia de microplásticos en estos medios, cuyo origen es variado y fruto del sistema de vida implantado en la sociedad actual, con la práctica habitual del “usar y tirar”: bolsas, prendas de vestir, cosméticos, pinturas, botellas de plásticos y neumáticos, son ejemplos. Los microplásticos se detectan incluso en organismos marinos de diferente ubicación dentro de la cadena trófica y que los ingieren como alimento de forma accidental lo que les puede provocar diferentes afecciones negativas: desde obstrucciones internas hasta riesgos toxicológicos. En el caso del medio acuático, la UE pretende alcanzar el buen estado ecológico de las aguas marinas en 2020, reduciendo el uso de plásticos de un solo uso e incidiendo en la legislación de cosméticos y detergentes (ricos en microperlas que generan estos residuos) así como sobre la reducción de fibras procedentes del lavado de textiles. Asimismo, existen programas de la ONU para combatir la contaminación generada por microplásticos y contribuir a mitigar su incidencia. En este problema, aparte de la contribución ciudadana (aplicación de rutinas de uso poco sostenibles), tiene incidencia el desconocimiento real de cómo investigar los microplásticos en las aguas. No existen técnicas contrastadas ni normativas aplicables al efecto. Dicho esto, podemos plantearnos la situación con respecto a las aguas de consumo. En este sentido, a día de hoy los escasos ensayos publicados no han resultado del todo objetivos, por lo que es necesario dar un paso hacia delante para poder valorar la situación y el entorno en el que nos encontramos. En todo caso, con los datos actuales nada hace pensar que el agua de consumo pueda ser un foco de riesgo para el consumidor ni pueda dejar de ser seguro su consumo.
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