El Museo del Prado reúne en una exposición algunas de las grandes obras del pintor francés, quien fijó su moderna mirada en los artistas del pasado, especialmente en los españoles. Ahora se reencuentra con ellos en Madrid, la ciudad que visitó en 1865.
En 1865 Édouard Manet viajó a Madrid para visitar el Museo del Prado. Quería conocer el arte español del siglo XVII, especialmente la obra de Velázquez, Murillo y Zurbarán. Manet era un admirador de Velázquez (lo que había podido contemplar del artista sevillano en el Louvre) y llegaba a nuestro país tras escandalizar al mundo del arte parisino con su rompedora obra La comida en el campo. Cuando Manet abandonó España se llevaría una impresión imborrable de Velázquez (¿El ver ese Velázquez por sí solo merece el viaje¿, escribió a un amigo) y, sobre todo, descubrió ya para siempre la obra de Goya.
Varias de sus grandes obras posteriores serán deudoras del impacto recibido en su visita al Prado (El actor trágico, Muchachas en el balcón, La ejecución de Maximiliano, entre otras). Pero, y esto es lo más importante, a su regreso a París, Manet se convertirá en el mejor embajador de la pintura clásica española, prácticamente desconocida en nuestro país vecino.
El Museo del Prado inaugura el 14 de este mes una gran antológica sobre Manet en un gesto que tiene mucho de cortesía hacia un incondicional de nuestra pintura clásica. Ni qué decir tiene que, si Manet viviese, estaría encantado de compartir las salas del Museo del Prado con Velázquez y Goya, los artistas que tanto admiró.
Juan J. Luna disecciona en este número los detalles de la muestra, explica la importancia de aquel viaje del pintor francés a la pinacoteca española y analiza la trascendencia de la obra de Manet en la Historia del Arte.
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