Entre el segundo lustro de los años setenta y la década de los ochenta hubo en Colombia un explosivo incremento del número de facultades de medicina pasando de unas 20 a unas 55 o 60. Me cuento entre los que estudiamos medicina con la idea de servir incondicionalmente a las gentes como una vocación y como me lo encomendó mi padre cuando le conté que quería ser médico: «Muy bueno mijo que estudie medicina para que le sirva a la gente», sin cortapisa alguna y, como tal, lo cumplí.
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