Trazar un balance de la bibliografía picassiana en un homenaje al gran pintor en su muerte tiene algo seco y antipático, burocrático y frío, de recaudador o de notario, que viene a recordarnos, con voz monótona, que la vida sigue cuando el hombre muere, y que una vez marchitos los crisantemos y los laureles de las coronas fúnebres, una vez retirados el paño rico y las cuatro tablas del catafalco, una vez ventilada la nave del fétido olor de los cirios, una vez intercambiados pésames y cotilleos con personas que jamás habíamos visto antes, llega el momento de hacer cuentas y de saber lo que heredamos, si es que heredamos algo.
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