Las pinturas rupestres de la cueva de los Letreros y, especialmente, la figura llamada el Brujo, presentan una simbología precisa, común a todo el mundo megalítico y cuyas correspondencias se extienden a las altas culturas, habiendo vestigios de ésta hasta incluso en el Románico. Según los trabajo del etnomusicólogo Marius Schneider, dicha simbología corresponde a un pensamiento místico religioso que tiene su origen en el sistema musical, y a una cultura para la que el sonido sería el plano más alto de la realidad. En ella, las notas musicales no son símbolos o signos de los pictogramas; antes bien, estos don una muestra solidificada del sonido, un verdadero mundo real. Esto prueba que forman parte de una cultura que ya ha dejado el pensamiento totémico para pasar a otro, simbólico, y que dicha cultura conoce la escala musical, el círculo de quintas y, probablemente, realiza mitos basados en dicha visión cosmológico-religiosa.
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