La infiltración de los diez mil soldados de la 11.ª División del V Cuerpo de Ejército al comienzo de la batalla de Brunete fue uno de los momentos más brillantes en la difícil historia del Ejército Popular de la República. El éxito fue fruto de una preparación previa exhaustiva, que se remontaba a mediados de junio. Los nuevos reclutas fueron sometidos a un duro entrenamiento. A cada compañía se le asignó un grupo de soldados equipados con brújulas y capaces de orientarse en la oscuridad. El trabajo más duro correspondió al Batallón Especial divisionario, un grupo selecto de veteranos, que se encargó de reconocer el terreno tras las líneas enemigas y encontrar los puntos de paso más seguros. Una serie de guías quedaron apostados en terreno franquista la jornada anterior a la ofensiva para jalonar la ruta de sus camaradas. Líster tenía experiencia en comandar ese tipo de avances nocturnos –ya lo había vivido en Guadarrama o en el cerro de los Ángeles–, pero esta vez la escala de la operación era mucho mayor.
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