En el siglo XVI, la Tierra Austral no era una quimera, existía de verdad; el atlas de Abraham Ortelius, de 1570, muestra un poco más de la mitad inferior del hemisferio sur ocupada por una enorme masa verde, en la que se lee “TERRA AUSTRALIS NONDUM COGNITA”, aún desconocida. Esta paradoja formidable, que consiste en representar algo que no se conoce, correspondía, sin embargo, a la certidumbre absoluta de los geógrafos de aquella época. En 1567 partieron a descubrir aquellas islas unos ciento sesenta expedicionarios bajo el mando del joven Álvaro de Mendaña, quien realizaría un nuevo viaje en 1595 con Pedro Fernández de Quirós. Este volvió a internarlo en 1606. No se descubrió la Terra Australis Incognita, pero su búsqueda no fue vana, pues aumentó los conocimientos sobre aquella parte del mundo y la curiosidad de los europeos por saber más. A ella se deben los admirables viajes ilustrados del siglo XVIII.
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