En la noche del 17 de abril de 1815, en la madrileña Puerta del Sol, se declaró un incendio. Lo cuenta Mesonero Romanos en sus Memorias de un sesentón. Las casas situadas justo enfrente de la casa de Correos comenzaron a arder y, muy pronto, el fuego se extendió y se hizo enormemente virulento. En aquellos tiempos, en Madrid no había cuerpo de bomberos. Lo que pasaba tras un incendio es que las parroquias cercanas tocaban sus campanas, llamando a la gente a colaborar en la extinción del fuego (aunque algunos a lo que se dedicaban era al pillaje). La parroquia que escuchaba las campanas tañía las suyas, para extender el aviso; pero este sistema tenía el problema de que, pasados unos minutos, por toda la ciudad se oían campanas, pero era muy difícil saber dónde exactamente estaba el fuego. De ahí, por cierto, viene la expresión “oír campanas y no saber dónde”. A pesar de que las autoridades exigieron a los aguadores, a los carpinteros y, finalmente, incluso obligaron a los transeúntes a implicarse en las labores de sofoco del incendio, éste se extendió tan violentamente que, finalmente, los habitantes de las casas acabaron tirando sus muebles por las ventanas para que cuando menos éstos no ardiesen (otra expresión: “salvar los muebles”); y, después, se arrojaron ellos mismos.
El incendio de 1815 fue tan violento y causó tantos daños, para colmo en el mismo centro de la ciudad, que convenció a muchos ciudadanos de que había que hacer algo. Ese algo fue la creación de una mutua de seguros.
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