Dicen que el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla y lo cierto es que los especialistas en la antigüedad hay veces que no sabemos si estamos leyendo un texto clásico o el periódico. Cierto es también que el escepticismo propio del oficio suele alejarnos de interpretaciones providencialistas y sólo la ironía nos queda para enfrentarse a la indefensión de las gentes ante el poder. Porque, ¿de qué nos sirve conocer la historia, si todos los gobernantes iluminados o enfermos de ambición, siglo tras siglo, década tras década, quieren parecerse a Julio César?
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