En el Burgos del Setecientos, casi la mitad de los hogares de la ciudad no disponía, a la hora de la muerte, de ninguna cantidad de dinero en efectivo – lo que obligaba a las familias a vender en almoneda pública los bienes del difunto para sufragar los gastos fúnebres y liquidar las deudas existentes –. De entre quienes sí poseían dinero, la inmensa mayoría de los “pecheros” únicamente disponía de monedas de vellón. Empero, las categorías socioprofesionales con más elevados niveles de fortuna atesoraban buenas monedas, de oro y de plata, y pequeñas cantidades de maravedíes de vellón. Dado que a partir de 1743 reapareció el “premio”, muchos hogares urbanos – ello sucedía en un 20.4 % de los interiores domésticos –, se disponía de “balanzas para pesar moneda”, para calcular el volumen de sus fondos monetarios y sus premios añadidos, en especial entre los comerciantes – que poseían dichos artilugios en el 62.5 % de los inventarios –.
Los folios de los inventarios post-mortem nos muestran, además, qué tipologías y qué cantidades de moneda eran custodiadas en el mobiliario doméstico, fueran en oro, plata o vellón, montantes de capital, circulante o no, que reflejan los sesgos de desigualdad flagrantes existentes entre las distintas categorías socioprofesionales y socioeconómicas desplegadas a lo largo y ancho del tejido urbano, donde, aunque compartían, nollis vellis, el espacio representaban mundos diametralmente separados por las honduras de lo paupérrimo y la escasez, para unos, y de la confortabilidad y la abundancia, para otros.
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