Cuando las ciencias alcanzan cierto grado de desarrollo y madurez comienzan a preocuparse por su propia historia y por querer ver su evolución a través de los tiempos. Es una forma de no perder la memoria de los avances alcanzados, de fijar el recuerdo de los fallos cometidos para no repetirlos y de honrar a las personas que contribuyeron a los conocimientos que constituyen la razón de ser y el núcleo de la disciplina. La preocupación por la historia de la propia disciplina es una señal de perfección y sensatez, un signo de identidad y una muestra de conciencia profesional colectiva. (Hernández Esteve, 1992, p.537)
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