La expresión de la afección que une a los escritores del exilio con su país de origen y con su lengua de nacimiento cristaliza de forma perspicua a través de la articulación de una serie de mecanismos narratológicos que ponen de manifiesto la vivencia de la alteridad y la experiencia de la ambivalencia. En el caso de Adelaida Blázquez, la espagnolade se convierte en la huella fehaciente del exilio, haciendo emerger la conciencia de la “ruptura moral” con el país de origen (España) y poniendo de manifiesto la tensión entre asimilación y disimilación que conduce a los escritores exiliados a ocupar un lugar marginal dentro del campo literario.
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