Con la llegada de la guerra motorizada, la dirección y el mantenimiento de estas nuevas herramientas a disposición del comandante de campo –carros de combate y otros vehículos blindados, así como el propio transporte motorizado– han supuesto dificultades específicas y, cuando más se apoyaba un ejército en sus elementos motorizados, mayor era la desventaja que sufría cuando estos eran incapaces de operar. Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, que fue el primer conflicto verdaderamente motorizado, los ejércitos europeos habían previsto algunas de estas dificultades, pero otras muchas los sorprendieron por completo. En menos de un año –de marzo a diciembre de 1941– el Ejército alemán, por ejemplo, que había sido formado y entrenado para combatir en el clima templado del norte de Europa, tuvo que operar, bajo temperaturas extremas e incapacitantes, en algunas de las zonas más primitivas e inhóspitas de la tierra.
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