De todos los filósofos de la Antigüedad, es Aristóteles quien con más profundidad ha reflexionado acerca del fenómeno del cambio. Obsesionado por responder a una pregunta que, según él, concentra todas las dudas que se puede plantear el ser humano; ¿cómo se produce el paso del ser al no-ser y viceversa? El pensador griego tipificó diferentes tipos de metamorfosis, dependiendo de si estas afectan a la sustancia del objeto estudiado, definidas como cambios sustanciales, o de si modifican alguna característica, implicando pérdida o ganancia en sus atribuciones, es decir, cambios accidentales. El erudito nacido en Estagira, una desaparecida ciudad en la península de Calcídica, establece incluso diferencias entre una modificación producida por la misma sustancia, con lo cual estaríamos ante un cambio natural, y otra generada por la intervención de un agente externo a la sustancia misma, fenómeno que la terminología aristotélica denomina como cambio artificial. La obra del más célebre intelectual de la Grecia clásica también recapacita sobre los motores que impulsan cualquier transformación, entre los que identifica cuatro: la causa material (un objeto se destruye debido a la transformación de la materia que lo forma); la causa formal (la modificación deriva de la propia esencia del objeto, siguiendo su evolución natural); la causa eficiente (un actor ajeno interviene en el proceso de conversión); y la causa final, en la que la finalidad a la que se dedicará el objeto actúa como catalizador de la conversión.
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