Durante los años ’20 a los ’60 del pasado siglo, varios autores del entonces vigente «positivismo lógico» sostenían la afirmación de que la ciencia se reducía a «un lenguaje bien hecho». Como sucede con todos los reductivismos, esa afirmación es lisa y llanamente falsa, pero contiene —tal como acontece con casi todas la falsedades— una parte de verdad. Si bien es cierto que el saber científico no se reduce a un mero lenguaje bien hecho, es indudable que ese saber incluye la precisión, exactitud y sistematicidad del lenguaje científico, caracteres que son necesarios para alcanzar el rigor y la consistencia propios del conocimiento racionalmente verificado. Esta conveniencia de precisar previamente el significado de las palabras a utilizarse en el discurso académico ha sido puesta de relieve muchas veces por los filósofos analíticos, pero no solo por ellos, y constituye una exigencia indispensable del buen pensar y del explicar comprensible.
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