Las personas con una discapacidad intelectual, como cualquier otra persona, son susceptibles de vivir y desarrollar una dimensión espiritual. Para ello, debemos no solo reconocer esta posibilidad, sino poner todos los medios posibles para que puedan vivir la fe de acuerdo con sus necesidades. Cuando somos capaces de ver más las capacidades, las personas con una discapacidad intelectual pueden ser para nosotros "maestras" en la espiritualidad, y a través de su cercanía y amistad podemos descubrir que son un don y una gracia para la sociedad y para la Iglesia. Los espacios de fe y amistad compartidos con ellos se convierten en lugares donde contemplar y vivir la presencia de Dios.
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