En un libro todavía reciente, cuya actualidad dista mucho de estar agotada, recuerda Birnbaum que «el movimiento socialista tuvo en un principio dos componentes políticos. Uno exigía la destrucción del Estado mismo por opresor y la transferencia de las funciones políticas a grupos de trabajo que pudieran controlar directamente la producción y distribución, y también servir como medio para expresar y ejecutar las decisiones políticas... Una tendencia que se remonta, más allá de la industrialización, a la tradición gremial europea: las guildas eran grupos ocupacionales y políticos». Antes ha destacado «hasta qué punto las ideas preindustriales de comunidad (incluyendo las derivaciones laicizadas de creencias religiosas) han llegado a los objetivos socialistas adoptados por la clase obrera». Y concluye: «En la versión socialista, la tradición de control directo ha ejercido su mayor influencia en los países latinos, bajo la forma del movimiento sindicalista». Todo ello frente a la otra tradición, que «preveía, por cierto, la destrucción del Estado, pero al cabo de un período en el cual el Estado mismo serviría como medio de transformación, modificando por la fuerza a la sociedad en sentido socialista»
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