La práctica de la hechicería fue una actividad que se mantuvo muy viva en toda España con anterioridad al siglo XVI. La transgresión cotidiana de la ortodoxia tuvo una especial resonancia en el delito de superstición en los tribunales andaluces. La dedicación inquisitorial a enfrentar las herejías clásicas, especialmente el problema de los judaizantes y la posterior nueva concepción de la superstición como una impostura, fueron algunos de los factores que explican que los intentos de represión no alcanzasen el éxito deseado. El delito mágico continuó presente en los territorios andaluces hasta finales del siglo XVI, irreprimible, con unas resistencias populares a la normativa muy sutiles y eficaces. Tanto crédulos (solicitantes de los lances mágicos) como transgresores (hechiceros) supieron superar el control de la conciencia que se ejerció en cada espacio y tiempo de la vida diaria.
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