Hamburg, Freie und Hansestadt, Alemania
El reconocimiento de Muawiya como califa a lo largo y ancho de los territorios musulmanes en 661 aseguró el poder para el califato omeya, que, desde muy temprano, hubo de hacer frente a una importante oposición interna por parte de diversos actores y movimientos. El foco geográfico de esta resistencia estuvo en los territorios orientales: Irak, Irán, Jorasán –que comprendía partes de los actuales Irán, Afganistán y Asia Central– y, durante un tiempo, la península arábiga. Irak había sido la base del poder de Alí –de hecho, está sujeto a controversia su reconocimiento en otros lugares– y siguió siendo un nido de rebelión durante todo el periodo omeya, tanto por parte de sus partidarios como por otros descontentos. Las fuentes primarias de que disponemos, casi todas redactadas después del final del periodo omeya, a menudo dibujaron la oposición a los omeyas en términos ideológicos, condenando a todos los miembros de la dinastía como borrachos impíos, mujeriegos sinvergüenzas e, incluso, herejes. Pero detrás de la resistencia al dominio omeya hubo una diversidad de razones, no siendo las de carácter religioso necesariamente las más importantes, y entre las que estaban los coletazos de la primera guerra civil o los vertiginosos cambios que la sociedad experimentó durante la época.
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