Valencia, España
En nuestros días hay muchos comportamientos y opiniones que señalan un efecto de permanencia de la huella fascista en la vida cotidiana, en la forma de pensar, sentir o vivir el mundo. El fascismo, como fuerza política y militar, fue derrotado en la II Guerra Mundial por las democracias occidentales. Al menos eso es lo que nos cuentan, pero hay evidencias de que muchos de sus esquemas y valores fueron absorbidos por el capitalismo triunfal. El gregarismo, el efecto manada, el miedo a la libertad, el recelo frente al extraño, el rechazo a la emigración y otras reacciones nunca dejaron de estar presentes en el imaginario social de la segunda mitad del siglo XX.
Hoy, tras la desaparición del Estado de bienestar, estos rasgos autoritarios y serviles a la par son aún más patentes. Es el fascismo cotidiano, de baja intensidad, que se manifiesta bajo paraguas como la democracia, la identidad colectiva o el orden establecido. Frente a este nuevo-viejo fascismo no sirven las recetas clásicas de la llamada izquierda; es necesario ahondar en la libertad y el compromiso individuales y en la solidaridad entre las diferencias.
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