Apenas un mes después de sorprender al mundo con el lanzamiento del Sputnik, el primer satélite artificial, la URSS volvía a asombrar a la opinión pública internacional. En esta ocasión, el nuevo satélite, el Sputnik-2, tendría un pasajero a bordo: una perra llamada Laika. Su misión espolearía a los estadounidenses, que comprendieron que sus rivales en el espacio lanzarían muy pronto un hombre hacia la órbita.
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