Con la muerte de Enrique IV, llamado el impotente, se establecía un problema sucesorio. Y es que, aunque este dejó como heredera a su hija, Juana la Beltraneja, la hermana del monarca, Isabel de Castilla, aprovechó las dudas que existían sobre la verdadera paternidad de esta para hacerse un hueco en el poder y conseguir así conquistar el trono de Castilla. El resto ya es historia.
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