La falta de una política teatral lúcida coarta la realidad y el potencial del teatro. Una política teatral pública debería impulsar la iniciativa privada y no competir con ella. Se despilfarra el dinero público en teatros nacionales, autonómicos o municipales en colisión con el esfuerzo de los empresarios privados que se proponen un teatro de calidad que sea rentable. En lugar del IVA abrumador, las exenciones fiscales serían el mejor estímulo para el teatro
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