La mente tiende a rehuir lo doloroso para arrinconarlo en el subconsciente, pero la memoria individual, heredera tenaz de la memoria colectiva, que finge olvidar para recuperar la paz social, impide enterrar las tragedias, que acaban por aflorar. La mayoría de los supervivientes del Holocausto, que los judíos llamamos Shoá, tardaron 40 años en contar su martirio, y el resto nunca habló para preservar a sus hijos del dolor que les roía las entrañas. A pesar de no haber podido hacer la catarsis de su duelo, mis padres nos enseñaron a confiar en el futuro y en nuestros semejantes.
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